Autoridad materna en las comunas de Medellín y su impacto social

13.07.2020 12:40

 

                                                                   

                                                https://vamosmujer.org.co/sitio/images/2018/MAYO/infoddhh16.pdf

 

Operación Orión: las heridas abiertas que quedaron en la Comuna 13 ...

https://www.lafm.com.co/especiales/operacion-orion-especial-en-el-tema-de-la-escombrera-la-verdad-esta-enterrada

 

https://www.eltiempo.com/colombia/medellin/informe-medellin-memorias-de-una-guerra-urbana-130324



Informe Basta Ya

https://elpais.com/elpais/2020/01/09/planeta_futuro/1578565039_747970.html

https://www.javeriana.edu.co/biblos/tesis/derecho/dere7/DEFINITIVA/TESIS%2050.pdf

 

1.0. Capítulo 1. Autoridad materna en las comunas de Medellín y su impacto social

 2.0. Cambio en las dinámicas  sociofamiliares y  culturales durante la violencia de los años 80 y 90

3.0  Referencias bibliográficas

 

 

Capítulo 1. Autoridad materna en las comunas de Medellín y su impacto social

 

Ante las crisis de autoridad en el contexto  social actual dice Rodríguez (2004) por múltiples causas, no siempre imputables a los padres, en las familias mandan los hijos y no cuando son mayores, sino desde pequeños; y cuando los hijos mandan en casa, lo hacen con tiranía, cogiendo las riendas que no les corresponden. Y papá y mamá sufren por ello.

Permitiendo esta actitud a sus hijos, están creando seres ofensivos, echándolos a perder al complacerlos y consintiéndolos en demasía, haciéndoles sentirse superiores a los demás. Esos niños consentidos creen que merecen un trato especial de parte de todos y que lo que ellos hacen y desean es siempre lo adecuado. Pierden todo sentido de responsabilidad queriendo manipular a los padres y pensando que sus problemas son siempre causados por ellos. Estos niños consentidos se transforman en adultos ofensivos, egoístas, irresponsables, flojos, etcétera. La verdad, estos, con su niño herido de esta manera, sufren mucho por la actitud que asumen ante la vida, además que ocasionan un enorme daño a sus seres queridos; llámense hijos, familiares, amigos, compañeros, etc..

Una de las causas que modificaron la asignación de algunos roles en el hogar es la incorporación de la mujer al trabajo remunerado. Esta actividad tiende a valorar la responsabilidad compartida de las tareas familiares, especialmente con relación a los hijos. Para las mujeres, el trabajo ha significado una posibilidad de desarrollo personal, y la remuneración percibida constituye un complemento significativo al ingreso familiar. Ello ha tenido un efecto sobre los roles y las relaciones económicas de la familia, sobre los patrones de autoridad y jerarquía y sobre la distribución de responsabilidades. Es de esta manera en que se plantea que las mujeres han adquirido mayor participación en la toma de decisiones y, en general, una relación más igualitaria con su pareja.

En ámbitos como las finanzas y la compra de bienes, el hombre sigue teniendo mucho que decir. Sin embargo, es común que ellos admitan que no deciden sino hasta consultar con sus mujeres. A través de ambos (término que los define actuando como pareja), la mujer va ganando terreno en la toma de decisiones que hasta no hace mucho competían sólo al hombre. Influyéndolo o decidiendo con él. Sumando y sumando, el peso de las responsabilidades hace que la balanza se cargue hacia el lado femenino. Y la tenemos determinando el colegio de los niños, la ropa que se compra el marido, el tipo de casa que se adquirirá, el lugar de las vacaciones, el médico que los atenderá, el servicio doméstico que contratará, el método anticonceptivo que se utilizará y hasta la frecuencia de las relaciones sexuales. Porque en esto último, él pide o exige. Pero ella abre o cierra el paso. Así, directa o indirectamente, ella decide.

A tal extremo ha llegado la crisis de autoridad, que el simple enunciado de la palabra despierta animadversión. Ante la simple enunciación de la pregunta « ¿Quién crees que manda en tu casa?», los jóvenes hoy en día frecuentemente responden: «Mi casa no es un cuartel y no manda nadie». «Somos personas libres», «no hay alguien que mande, todos mandamos algo», son algunas de las expresiones más corrientes para demostrar que en su casa no existe una autoridad bien definida. Es ahí cuando se sospecha de anarquía en el hogar. A la larga esta actitud de vacío de autoridad ocasiona que cada integrante de la familia haga su voluntad y terminen peleándose encarnecidamente cuando realmente tengan necesidad de tomar decisiones importantes.

Un aspecto de la disciplina de los hijos que se toma por sentado con mucha facilidad son las «reglas de la casa». Los hijos necesitan saber cuáles son los límites. Muchos padres suponen que las «reglas de la casa» serían demasiado numerosas como para ponerlas por escrito, pero es importante que escriban las reglas y las aprendan. Por ejemplo, la regla 6 es: «En esta casa no nos lastimamos unos a otros con palabras o acciones desconsideradas», la regla 14 es: «En esta casa no ocasionamos trabajo innecesario para otros», la regla 19 es: «Cuando no sabemos qué hacer, preguntamos». Las reglas deben abarcar actitudes ante la mala conducta en la que más probablemente caigan nuestros hijos. Todas nuestras reglas deben comenzar con «En esta casa…» para ayudar a nuestros hijos a entender que la casa no es como las casas de sus familiares o amigos. (Rodríguez, 2004).

Seguidamente Valencia (2018) grafica el panorama de la violencia y la forma en que impacta las familias  en los siguientes términos,  el conflicto armado de más de 60 años dejó como resultado la muerte de los padres, madres, hermanos, hermanas, tíos, tías, abuelos, abuelas, nietos, etc. Que palabras más palabras menos resquebrajaron la columna vertebral de las familias en todos los órdenes religiosos, fisiológicos, políticos y culturales. Es decir, la familia cambió por las consecuencias de la guerra, pero adicionalmente ante los cambios producidos por la modernidad, y el desencanto de la modernidad (Mansilla, 2001, pp. 69-73; Adorno, 1967, t. 1, pp. IX, 104, 147-150; Löwith, 1962, p. 36), la técnica, el individualismo y la autoridad, lo cual ha generado las siguientes consecuencias sobre la constitución de las familias.

En primer lugar, las familias descompuestas por la migración de los campesinos que estaban en busca de trabajo y que veían quiméricamente la posibilidad de obtenerlo solo en las ciudades, sumado a la pérdida de la unidad familiar y los lazos que se instauraban en el entorno social y rural, lo que hacía que salieran los padres y hermanos en busca de empleo y en algunos casos no regresaran (Valencia Grajales, 2016).

Segundo, ante la ausencia de los miembros que se perdían a causa del trabajo por fuera del hogar y la violencia, se generaban distorsiones emocionales, lo que echa por tierra muchas explicaciones evolucionistas, funcionalistas y sistémicas.

Tercero, desde el punto de vista de los miembros, la pérdida del padre, la madre, el hermano, la hermana, el hijo, la hija, el abuelo, la abuela, el tío o la tía implicaba cambios de roles o de posición en la estructura familiar, porque algunos de ellos terminaban cumpliendo el rol del faltante, creando problemas comportamentales ante la falta de alguno de ellos.

Cuarto, ante la falta de la totalidad de los miembros que se consideraban de autoridad, la familia sufre nuevas rupturas que generalmente no puede asumir otro miembro, porque también falta o porque ya no hay miembros cercanos de la familia extensa para suplirlas, primando el individualismo de sálvese quien pueda.

Las huellas de la guerra marcaron nuevas configuraciones de la familia, por razones obvias de desmembramiento familiar, lo que evidencia nuevas formas del  actuar social frente a un fenómeno de grandes dificultades, pero la violencia no solo se vio en la zona rural (Santander, Valle del Cauca, Risaralda, Putumayo, Chocó, Cauca, Bolívar, Antioquia) (Comisión de Verdad y Memoria de Mujeres Colombianas, 2013), también se trasladó a las periferias de algunas ciudades como Bogotá y Medellín, donde llegaron los paramilitares a enfrentar a las columnas urbanas, lo que también se manifestó en una situación terrible sobre las familias desplazadas del campo y las más pobres ubicadas en la zona periférica de las ciudades. Valencia J. F. (2018).

Seguidamente encontramos en la obra de Viveros, Aguirre, Demarchi y Yela  (2017) una ampliación de lo antes argumentado,  en los siguientes términos,  los relatos de algunos padres y madres se caracterizan por ejercer una autoridad permisiva y apacible. La autoridad permisiva se caracteriza por una excesiva flexibilización de normas y limites, con lo cual se generan “caos y descontrol” en el hogar. Las expresiones de algunas madres y padres están relacionadas con este tipo de autoridad: “Es lo que ella diga”; “Haciendo lo que ella diga es una forma de compensarla para que no siga llorando”; “Yo siempre les he hablado mucho, cuando no lo hacen muchas veces no hago nada (…)”. Como se expuso anteriormente, en este estilo se observa la desautorización y, en algunos casos, es evidente la manipulación por parte de los hijos (e. g. “Es una forma de mirar cómo reacciona uno”.

De acuerdo con Agudelo (2005) “La permisividad y la inconsistencia, como formas inapropiadas de ejercer autoridad se caracterizan, respectivamente, por la falta de normas claras y explícitas y por la coexistencia de figuras de autoridad que se contradicen y descalifican entre sí”. (p. 9). Lo anterior se relaciona con otra de las situaciones que se evidenciaron en las familias entrevistadas con relación a las prácticas de autoridad.

Esta práctica hace referencia a la delegación de la crianza y las responsabilidades parentales a otros cuidadores. Esto es algo problemático, dado que la ausencia de los representantes de la autoridad, por los tiempos laborales o el hecho de habitar en una vivienda, en la que esa madre o padre no aporta económicamente al hogar, los obliga a  silenciarse y asumir mecanismos pasivos, o a no tomar el lugar de figura de autoridad frente a la crianza de sus hijos. (Aguirre, Demarchi, Yela 2017).

Para complementar lo anterior podemos apreciar los planteamientos de Viveros, y  Bedoya (2004),  los cuales agregan que el liderazgo  es llevado a cabo por la mujer quien también tiene la tarea de proveer económicamente a la familia, es así como las siguientes ideas que expresa una informante clave son pertinentes para lo que se quiere ilustrar, como las siguientes ideas que expresa María: “…Camilo se  levanta, desayuna, hace manillas, forra lapiceros con el nombre, y mientras eso ya son las once. Se arregla para ir a estudiar.

Luego a las seis y media, come, conversamos. Como a él le va también en matemática y sistemas, inclusive eso es lo que Alfabetiza los sábados. Los compañeros vienen, se suben a su alcoba, les explica…”

Una de las ideas claras que deja el trabajo con las personas de este estudio es la importancia  del acompañamiento de los roles, dado que al no tener apoyo… a la madre le corresponde asumir tareas que le corresponden tradicionalmente al padre,  además de lo que le corresponde como madre, a lo que ellas han llamado “hacer de papá y mamá”, es así como el siguiente testimonio puede evidenciar este planteamiento: “mi obligación es trabajar, porque ellos dicen: mamá me pidieron algo en el colegio, entonces eso yo lo maquino en la cabeza como cuando una maneja una computadora, porque como estoy sola, tengo que hacer de papá y mamá, trato, me esfuerzo que no queden mal en el colegio.

A mí  nunca me dieron estudio, porque a mi mamá no le enseñaron eso, o porque éramos muchos hijos, Yo no me superé, como que no me llamó la atención, no sé por qué. Pero para mí el colegio es prioridad, ya entendí que lo que uno haga en el colegio y como se supere, eso les queda más adelante a ellos. Ese es el fin que yo tengo. Yo le pido a Dios que hoy o mañana mis hijos se sientan tras de un escritorio, no a mandar sino a tratar de entender las personas…Testimonio de María, jefe de hogar, barrio el Limonar II), Recuérdese, que allí fueron trasladados pobladores de zonas en riesgo de Medellín, entre ellos Moravia,  que hace parte de la Comuna 4, objeto de esta investigación.

Seguidamente, Viveros, y  Bedoya (2004) sustentan: La práctica de los roles tiene también propósitos centrados en la promoción de la unidad familiar, como proceso de cohesión familiar en la cual los miembros de la familia generan interacciones que facilitan la calidad de vida y la constitución de proyectos comunes que les haga tener sentido  de pertenencia.

Los  roles desempeñados  por los miembros de la familia están inclinados a la manera de administrar los recursos aunque esto le corresponde  a la mujer  jefe de hogar, los otros miembros tienen relación con esta importante tarea familiar.

En coherencia con lo anterior hay familias que han trabajado con sus vecinos en la construcción de redes de solidaridad con el propósito de compartir las cosas que tienen, ya sea alimentación, vestido, vivienda, dialogo, apoyo social.

En cuanto a los límites, Viveros, y  Bedoya (2004) indican que aquellas zonas al interior del hogar y el respeto por los asuntos personales de cada miembro de la familia, constituye un elemento de reflexión, al cual se le dio el nombre  de límites en este estudio.

Las personas entrevistadas afirmaron que era necesario poner en práctica formas de educación familiar, salud sexual, lo cual iba desde la historia de la familia, hasta la singular manera de establecer la relación madre hijo, acerca de o planteado afirma María  una jefe de hogar: “si, porque yo tengo la puerta de mi alcoba cerrada quiere decir que yo quiero estar sola. Si la puerta está abierta quiero decir que puede entrar el que quiera, Yo puedo estar deprimida y quiero estar sola y nadie me consuela. Si él está en su alcoba con su compañero se golpea la puerta”.

Los límites también fueron comprendidos como consejos, lo que implicaba para cada miembro la necesidad de entrar en dialogo y por lo tanto poner un común sentimientos, emociones, experiencia y punto de vista que facilita la interacción y los procesos de grupo esenciales para construirse como agente de socialización y transmisión de la cultura.

Igualmente señalan que se pudo percibir que los límites  en estas familias tienden a ser claros, pues permiten una diferenciación de los componentes y funciones de cada miembro de la familia.

Además, permiten el contacto con el contexto externo a la misma, deja actuar permeable y flexiblemente. Sin embargo se notaron características de aglutinamiento en los momentos en que evidenciaban que los miembros establecían pocos parámetros de diferenciación entre sí mismas,  manifestando más sentido de pertenencia que de diferenciación, obstaculizando la posibilidad de independencia y elevada vinculación emocional de los miembros, en este sentido una de las entrevistadas: “…para mi si es importante, porque como todos los seres humanos tenemos nuestro momento, hay veces que alguna quiere estar sola y los otros hacemos a un lado del otro, muy cercano…” (pág. 91-95).

Expresa  más adelante Martha reflexionando su condición de mujer jefe de familia “…Y como mujer se siente impotente. Porque yo quisiera que ellos son niño tan lindos, (a veces rebeldes) pero me demuestran tantas cosas que no alcanzo y yo he llorado sola porque no les puedo dar lo más necesario. Hay veces que se les daña una chanclita y tienen que pasar con la chanclita hasta que yo pueda conseguir, y no para mi es deprimente. Y trato  de entenderme bien con ellos, le doy gracias a Dios que mis niños estén en la casa dejándose guiar de mí, no mandar de mí…”

Agregan los autores más adelante que las mujeres del estudio han construido un lugar que les permite con elementos de ejercicio de autoridad, además de un equilibrio que les facilita enfrentar situaciones especiales, donde les corresponde tomar decisiones, administrar recursos, definir tareas y convocar a los miembros de la familia para que se cohesionen  y construyan conjuntamente proyectos y metas comunes, sin embargo esto no les resta dificultad a la situación por la soledad que les corresponde asumir frente a las responsabilidades que implica  cubrir necesidades básicas en un contexto adversario y exigente, en ese sentido  expresa Marta: “Yo si considero que soy jefe de familia. Porque me  tengo que desempeñar en muchas labores, me toca hacer de mamá y papá, me toca estar pendiente  de lo que ellos hacen (hijos), me toca ser una consejera como padre y como madre, me toca pensar por la felicidad y por las angustias de ellos, me toca meterme un poco en la vida de ellos ¿Qué piensan? ¿Qué quieren más adelante? son muy buenos estudiantes, me toca pensar por muchas cosas como madre, es muy duro para mí…” (Viveros, y  Bedoya 2004,  pág. 89).

Agudelo, (2008) explica en su investigación sobre autoridad, que teniendo en cuenta que la autoridad es el proceso que permite la dirección y la regulación en la vida familiar y que, como tal, es muy importante en su dinámica, se encontró que en las familias nucleares ambos padres son quienes asignan las reglas (80.5%), dan permisos y regañan (75%) y aplican castigos (71.3%).

 Esto puede indicar que ambos padres mantienen acuerdos en el ejercicio de la autoridad, al cumplir sus funciones como líderes en la conducción y formación de sus hijos escolares y adolescentes. En cambio, ante el evento de la separación, esta función queda principalmente a cargo de la madre, como lo indica el hecho de que en los mismos tres ítems mencionados sobre la autoridad, ella obtenga el 60% o más. Esto contrasta notablemente con el hecho que el padre sólo obtenga porcentajes inferiores al 7% como figura de autoridad en las familias separadas.

La separación conyugal en las familias estudiadas se relaciona con alteraciones de la dinámica familiar, específicamente en la distorsión de procesos como la cohesión, la autoridad y la comunicación, ya que al comparar los tres grupos de familias estudiadas, éstas aparecen con porcentajes más altos en las categorías que indican rasgos menos favorables. De ahí, la importancia y la necesidad de ofrecer opciones de atención preventiva a las familias, en general, y asesoría y terapia a las que pasan por situaciones de desajuste que las pueden conducir a rupturas conflictivas, afectando de manera negativa la salud mental y el desenvolvimiento social de sus miembros, principalmente de los menores de edad.

La investigación realizada permitió confirmar lo planteado en los estudios y la teoría revisada en cuanto a que la separación de los padres se vive como una crisis familiar que afecta no sólo a los adultos implicados, sino que también perturba a los hijos a nivel emocional, comportamental, afectivo, intelectual, espiritual y social, generando situaciones de riesgo en su desarrollo. (Agudelo, 2008). 

Seguidamente Mérida, (2015) argumenta sobre el tema que se viene analizando y el impacto en los hijos del manejo de la autoridad, indica que los estudios iniciales dan cuenta de un perfil del sicario que lo caracteriza como un fenómeno sociológico, dándole preeminencia a una mirada compleja desde las circunstancias sicosociales en que desarrollan sus actividades los sicarios.

 Así, este es singularizado en una caracterización que lo define como joven, generalmente hijo de hogares fragmentados o que nunca alcanzan la condición de ser formalmente una familia nucleada y en los cuales la mujer es usualmente la cabeza de familia con varios hijos que mantener y criar en un entorno de graves carencias y necesidades básicas sin resolver.

 Son jóvenes desertores del sistema educativo en el cual su permanencia ha sido  muy baja, su vinculación a las actividades económicas comienzan en la informalidad movidos por la necesidad de apoyar los gastos de su madre y hermanos.

Su principal formación la reciben de modelos de socialización que son ejemplarizados con sus pares que ya están vinculados en la ocupación y que ganan algún respeto temeroso en las comunidades donde habitan. Para poder desarrollar este apartado, se desarrolla una serie de interrogantes como las siguientes: ¿Qué lleva a una persona a ese grado de crueldad o deshumanización o a ser insensibles ante la violencia? ¿Cómo podemos intervenir en ese tipo de comportamiento? Nos encontramos con modelos negativos a seguir gracias a la narco cultura, donde se le idolatra y coloca al narcotraficante como un héroe, un redentor, un paladín de la justicia social, ayudando a los pobladores de sus lugares de origen, pero aniquilando a miles de jóvenes y niños en el mundo a través de la farmacodependencia. Estudios en diferentes partes del mundo confirman la influencia decisiva de los medios de comunicación en la generación del crimen.

Más del 70% del contenido de la TV tiene programas violentos, además de las películas y video juegos, aunado a la violencia en nuestras calles, donde cada vez más vamos perdiendo esa capacidad de asombro. Resulta cotidiano ver como día a día matan a seres humanos y por morbo los jóvenes buscan hasta las imágenes más sangrientas, y si además en el barrio, el más respetado es el pandillero más violento y debes pertenecer a la pandilla de la localidad para que te respeten otras pandillas.

Estamos rodeados de violencia. ¿Cómo pedimos que nuestra juventud sea pacífica si los estamos programando para la violencia? La prensa l publicó una nota en la que concluye que la deserción escolar, la pobreza y el desempleo son factores que originan a los sicarios. Pero encontramos casos…de estudiantes y profesionistas con una doble vida a manera de ejemplo.

 En este sentido ¿Cuáles son los factores que predisponen a una persona al crimen? La conducta criminal se presenta hoy, pero se inició mucho tiempo atrás. El homicida no inicia su carrera delictiva matando. Salvo raras excepciones, pero el “contagio” de la violencia lo adquiere de su propio hogar, donde ve que los problemas entre sus padres se arreglan a golpes, donde vive violencia hacia la madre y hermanos. Se aúna a estos factores la dinámica de su barrio, donde hay violencia en las calles y ésta es aceptada, incluso bien vista y hasta aplaudida.

Si él aprende que a quien se respeta en su barrio es al sujeto bravucón, que se golpea con quien se le ponga enfrente, el niño va a aprender esos patrones de conducta. Entonces empieza golpeándose con sus vecinos, con sus compañeros  de escuela, después reúne su pandilla para golpearse unos contra otros, al rato trae su arma punzocortante y lesiona a alguien y por último porta su arma de fuego y mata.

El asaltabancos no empieza su carrera delictiva asaltando bancos, salvo raras excepciones, como que el delincuente invita al compadre sin trabajo, solo a manejar el vehículo para escapar del lugar del robo y ese día los detienen, pero salvo esas rarísimas excepciones, el asaltabancos se “contagió” con la falta de reglas y disciplina en su hogar, o con reglas laxas, totalmente permisivas, donde el quedarse con el juguete del amigo o con el lápiz del compañero de escuela es visto como “ponerse listo”; donde hay valores distorsionados acerca de la honestidad y de la propiedad ajena.

Después se queda con el cambio, del dinero que le dieron para comprar las tortillas o los refrescos en la tienda de la esquina. Al rato, no solo toma el cambio, ahora revisa la bolsa de la mamá o el pantalón del papá para sacarles dinero. Continúa con sustraer los útiles escolares de sus compañeritos de clase, sus lonches, su dinero.

Posteriormente roba las copas de las llantas de los autos, estéreos, se mete a casas y termina asaltando bancos. Pero fue una conducta gradual, un proceso gradual de socialización desviada. El crimen es multifactorial, se deben reunir varios factores para que se presente la conducta antisocial.

 Los factores de riesgo o predisponentes se han dividido para su estudio en factores personales, biológicos, psicológicos, factores familiares y factores sociales. Estos factores de riesgo pueden influir y desencadenar una conducta antisocial. No hay recetas de cocina para disminuir la delincuencia, hay que atender todos los factores de riesgo.

Significa también la pérdida de respeto entre quienes protagonizan el proceso de desintegración, y en sus relaciones se expresan desprecio, agresividad y violencia. Quien o quienes desintegran manifiestan incomprensión y fácil irritabilidad hacia cualquier otro miembro de la familia, no dan atención y solución a las dificultades que podrían considerarse como potencialmente negativas a la integridad familiar. Si bien es cierto que la expulsión o salida final de uno o varios miembros del grupo familiar, también es desintegración, no quiere decir que el mismo quede totalmente destruido y condenado a la desaparición por tal acontecimiento. De hecho, la familia se transforma y surge una integración de un nuevo tipo bajo nuevas condiciones que pueden ser negativas o no.

Alguna de las variantes de la familia que vale la pena destacar son el barrio y la vivienda en donde el joven forma vivencias que más adelante se convertirán en actitudes y criterios.

La identificación que caracteriza el periodo de la adolescencia, se nutre de los ejemplos que el joven recibe en las calles. Toda ciudad es propicia de delincuencia; se pueden observar como las bandas delincuenciales nacen en barrios populares, los niños que viven en estos barrios crecen rodeados de violencia y lo llegan a ver como “normal” y piensan que esto es lo que vivirán cuando sean grandes y la manera como se ganarán la vida.

Por otra parte, la carencia o abandono afectivo se ha visto en la delincuencia juvenil como uno de los factores más influyentes puesto que las relaciones que tienen estos jóvenes con sus padres son muy deficientes. Como también la falta de interés, participación y dedicación por parte de los padres hacia la educación de sus hijos. (pág. 35).

Los factores de riesgo asociados con la aparición de la conducta homicida precoz están los antecedentes familiares de criminalidad, padre menor de 20 años, maltrato físico durante la infancia (haber sido quemados, colgados, sumergidos en agua o amarrados), pobreza extrema, separación de los padres o constantes mudanzas y presenciar peleas familiares; este grupo percibía a sus madres como ausentes y rechazantes.

En el grupo tardío los factores relacionados con este tipo de delincuencia fueron: ser hijos de padres separados muchas veces, un padre mayor de cuarenta años, padres que migraron o con un nivel bajo de educación.

Es evidente que la violencia en la familia es la base de tantos actos desencadenantes de maltrato y violencia. Se ve a diario como madres y padres dañan tanto física como psicológicamente, dando un ejemplo a sus hijos de ser futuras personas violentas. (pág. 36).

El narcotráfico se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana, mucho se sabe acerca de los carteles y de las enormes fortunas que tienen en su poder, pero muy poco se sabe de los niños que están involucrados en esto “niños sicarios o niños soldados” del narcotráfico.

Triste pero cierto, los más pequeños de nuestra sociedad ya están involucrados en esta mafia. La incursión de menores de edad y convertirse en sicarios profesionales se ha dado a lo largo de la historia pues primero sirvieron como espías, luego fueron utilizados como soplones y ahora conocidos como inimputables efectivos.

En la actualidad y siempre estos niños son reclutadas por banda dedicadas al narcomenudeo y sicariato… Es fácil atraer a estos niños al negocio ya que al carecer de atención familiar o no contar con recursos económicos para continuar con su educación, hallan siempre un refugio o consolación con el realizar este siniestro hecho.

Aunque a un menor se le pague mucho menos, el hecho de obtener protección y acceso a un estatus puede ser de gran atractivo, por otro lado puede ser por herencia que pertenezca a un grupo que se dedique a esta actividad incluyendo casi a todo el crimen organizado que en muchos casos es real que se encuentra conformado por las propias familias de estos menores.

Existe un patrón en el reclutamiento y evolución de los niños sicarios, de 9 a 10 años más de 30,000 menores de edad han sido reclutados y/o preparados para matar, siendo las primeras tareas que cumplen son las de informantes, a los doce años es cuando ya tienen algunos años de experiencia y es cuando los empiezan a utilizar como vigilantes de las casas de seguridad donde mantienen a los secuestrados (otro tipo de crimen a los que se les vincula). A los 16 años es cuando ya se reciben de sicarios, en algunos casos su comienzo como asesinos inició mucho antes.

... al investigar más a fondo de este tema nos damos cuenta que hay muchos niños que a falta de recursos económicos, educación entre más cosas, caen en manos no precisamente buenas, es decir; que con esto es que caen en manos de la delincuencia o criminalidad.

Estos niños llegan a las manos de la criminalidad porque en su infancia aún no tienen plena conciencia de lo que hacen y de las consecuencias que podrían provocar sus decisiones. Es un tema de mucha preocupación ya que los niños no deberían de ser así, deberían de vivir en un ambiente de paz armonía, amor por parte de su familia y educación entre muchas otras cosas. (Mérida, 2015, pág. 12).

Espinosa (2015) en su estudio sobre autoridad en madres adolescentes en el barrio Moravia, puntualiza que la autoridad junto con la afectividad son dos pilares importantes en la crianza de un niño y una niña, siendo estos aspectos que se complementan y nutren la interacción entre el niño y la niña y su cuidador principal. Maccoby y Martín, citados por Gómez, Hurtado y Gómez (2006): Proponen dos dimensiones en la manera de actuar de los padres frente a los hijos o hijas, que son importantes para su desarrollo; estas son el afecto y el control parental.

Por el primero se entiende la cantidad de apoyo, afecto y ánimo que proporcionan los padres y por el segundo el grado de control, la cantidad de disciplina y normatividad que se le imponga al niño o a la niña (p. 48). La autoridad en el proceso de crianza, pretende contribuir a la formación de los niños y las niñas para que éstos asuman su responsabilidad personal y social, los métodos de enseñanza que al interior de la familia se gesten, acompañados del estilo de autoridad manejado por los padres o cuidadores de los niños y las niñas, marcan un patrón importante en la crianza, ya que matiza la interacción de la relación.

Teniendo presente… los diferentes tipos de autoridadse observa en general que las madres adolescentes presentan un modelo delegante, dado que las madres adolescentes conviven con su familia de origen y delegan en su madre o padre esta tarea de la crianza. “Hay veces yo le digo las cosas y otras veces también mi mamá. Yo soy relajada mi mamá si es la de las normas… yo le digo mamá mire a Valeria que no quiere comer yo no voy a hacer de esas mamás que le dicen se queda acá y no sale no, yo voy a hacer como una amiga, me parece a mí como mejor, cuando ella está grosera está pegando le digo eso no se hace me hace el favor” (Madre 1, 17 años).

Esta forma de relacionarse posibilita que las madres adolescentes perciban su rol frente a sus hijos bajo la mirada de la amistad y la complicidad, siendo los abuelos quienes asumen posturas de liderazgo (Bedoya Rendón & Viveros Chavarría, 2004, citando a Nardone, et, al, 2003, p. 78).

Las madres adolescentes no tienen bien definidos los conceptos de la meta de crianza humanizada (autonomía, autoestima, felicidad, creatividad, solidaridad) no existe la confianza suficiente para desarrollar estas metas en sus hijos. Los hallazgos explican en gran medida las dificultades de las madres adolescentes y dejan una gran inquietud acerca de la forma como se está trasladando la responsabilidad social de la formación integral de niños y adolescentes a la escuela. (Espinosa 2015, pág. 22).

En esta investigación las madres adolescentes informaron la poca participación de los padres de los niños y niñas en la crianza y cuidado de éstos. De las seis adolescentes, sólo dos cuentan con el apoyo de los padres las demás adolescentes han finalizado su relación sentimental con el padre de su hijo o hija. (pág. 108).

Según el estudio comparativo de proporción embarazo adolescente entre los 10 y 19 años por comunas, Medellín y Antioquia entre los años 2005 y 2013 citado por La Mesa Interinstitucional de Prevención Del Embarazo Adolescente en Medellín 2014) la Comuna 4 Aranjuez, es una de las comunas de Medellín que registra mayor número de adolescentes embarazadas, tanto para el rango de edad de 10 a 14 años como para el de 15 a 19 años. Específicamente en el barrio Moravia el 26% de las mujeres embarazadas son adolescentes según información suministrada por el Centro de Salud de Moravia. (Pág.25-26).

Moravia, inicia su conformación en la década del 50 en el sector del “morro” en donde se depositaban las basuras de la ciudad desde 1977 hasta 1984, éste fue ocupado de manera informal por familias desplazadas, provenientes de otros sectores de la ciudad y el país, lo cual ha generado que el barrio tenga una historia particular donde a partir de la auto planeación, la resistencia y la implementación de múltiples estrategias, sus habitantes hayan logrado construir su propio espacio para vivir. (Espinosa 2015).

 

 2.0. Cambio en las dinámicas  sociofamiliares y  culturales durante la violencia de los años 80 y 90

Acerca de la forma en que la violencia urbana afectó a la ciudad de Medellín en los años 80 y 90, Villa y otros (2017) argumentan con valiosos testimonios de sus pobladores, la forma en que fueron impactados, argumentando, las familias cambiaron su dinámica después de los años 80 y 90. Encerrarse, crear esquemas para protegerse, cuidar las amistades, invisibilizarse, camuflarse, cambiar las formas de hablar y de expresarse, todas esas acciones lo que hicieron fue romper el tejido social y el sentido dotado a lo cotidiano: “¿podemos recuperar en forma inmediata la calidad de vida que hemos perdido en Medellín? ¿Podemos volver a restaurantes, ir a conciertos, a teatro, a cine? Los problemas de seguridad en Medellín nos obligaron prácticamente a enclaustrarnos en nuestras propias casas” (CNMH, Entrevista, hombre, empresario, 2015).

El rol de madres y la consideración que sobre la familia tienen las mujeres, es una condición que las ayuda a sobreponerse ante las pérdidas:

  • Lo que me ha ayudado a salir de esta situación es el amor de madre, los valores que uno como madre le inculca a los hijos. Así su padre haya sido asesinado, hay que inculcarle valores y respeto a los demás. Sin odio y sin venganza. Nadie se muere por el dolor más duro, hay que seguir viviendo, por los hijos, por la familia (CNMH, taller de memoria, mujer, Medellín, 2015).

Los jóvenes también reconocen la importancia del afecto como una estrategia que  posibilita, constituye y representa la solidaridad, dentro de la cual destacan el papel que tiene la mujer como protectora:

  •  Personalmente lo que me protege a mí […] yo a muchos sitios no puedo ir, a muchos sitios de la ciudad, yo estoy amenazado en varios lugares, pero yo ando con la tranquilidad de la cadena de afectos, es la cadena de afectos lo que me mantiene vivo. Es la gente que nos quiere, la gente que nos respeta y nos mantiene vivos, ¿cierto? Entonces esa cadena de afectos es también el respeto, el respeto de llegar a tal territorio y no es que “llegó ¡ehhh!”. O sea, cualquier parche o una unión entre comunas, y no somos visajosos, ni les prometemos a la gente cosas que no podemos hacer, no, hacemos con la gente. […] Nuestra raíz principal. Empieza por las doñas ¿sí ven? Es las doñas que están ahí: la abuela, las mamás, que están ahí y que están según eso, una cosa de familia y esos son los únicos que nos pueden proteger, pues es lo que vemos (CNMH, entrevista, hombre, Medellín, 2015).

Agregan Villa y otros (2017) para finalizar, hay un relato que sintetiza la importancia de las acciones de solidaridad y protección, mediadas en gran medida por la organización social y por el papel de las mujeres:

  • ¿Por qué sobrevivió esta ciudad? Yo creo que, primero que todo, por dos cosas: porque asociarse, el trabajo comunitario aquí ha sido muy bonito, ha sido fuerte y ha sido un ejemplo para el país. Y segundo porque esta ciudad tiene muchas mujeres. Yo con el movimiento de víctimas me di cuenta que una sociedad se levanta dependiendo de la labor de la mujer ahí. Una mujer tiene una cosa: que es terca. Es terca hermano y el día que usted la ofenda, se embaló, te lo recuerda toda la vida, pilas. Y esa mujer se va a negar, nunca se va a negar a olvidar a su hijo, a su ser querido, va a luchar siempre por ello y esta sociedad yo no sé cómo encuentran las mujeres para levantarse día tras día después de todo lo que han vivido, lo que han sufrido ellas en carne propia y por sus seres queridos. Pero esas son las que nos han dado muchas veces el ejemplo para salir adelante y las mujeres ni siquiera te hablan de venganza. Las mujeres te hablan de justicia y creo que es una cosa que debe quedar clara en cualquier informe, porque una gente dice que muchas veces uno recuerda pa´ reclamar venganza. A mí me han enseñado mucho las mujeres y por eso también he cesado mucho como mi activismo, como mi condición de accionar insurgente sino mi accionar de derechos humanos es porque las mujeres me enseñaron que uno por lo que tiene que clamar es por el tema de justicia (CNMH, entrevista, hombre, Medellín, 2015).

Continúan los autores, la crisis económica y social del Medellín de los años setenta, marcada entre otras cosas por la presencia de una gran cantidad de jóvenes con pocos referentes y posibilidades, fue un escenario propicio para que la cultura que empezaba a configurarse en medio de las dinámicas del conflicto se instalara y expandiera rápidamente por la ciudad (Salazar y Jaramillo, 1992, páginas 105-127).

El desarrollo de los grupos delincuenciales en los barrios, la llegada y emergencia posterior de grupos armados como las milicias y los paramilitares, y la expansión de las redes del narcotráfico en todas las capas sociales, dieron pie al surgimiento de un nuevo referente cultural, que no se percibía como algo lejano, sino que fue experimentado en la cercanía de la cotidianidad.

 En los barrios donde hicieron abiertamente presencia los grupos armados, la figura del hombre armado se convirtió en un modelo a seguir para los jóvenes y con él se instalaron en la subjetividad de los mismos nuevas aspiraciones, nuevos deseos, al tiempo que aparecían nuevos valores y se reinterpretaban otros (Ortiz, 1991). En palabras de una mujer que ha liderado procesos culturales en la ciudad y quien participó de este informe,

  • “hay un daño en la manera de desear, como diría Estanislao Zuleta, porque lo que se desea es material, lo que se desea es abundancia, lo que se desea puede conseguirse de cualquier manera” (CNMH, entrevista con mujer dinamizadora de procesos culturales, 2016).

Continúan los autores precitados, de esta manera se instaló lo que en diversos espacios de memoria las personas nombraron una “cultura del dinero fácil”, donde el trabajo como valor, que según las narrativas de las personas era constitutivo de la cultura campesina, se vio opacado por el mandato de “conseguir plata a como dé lugar”, o como lo decían en un taller de memoria: “se mutó la mentalidad de los jóvenes al dinero fácil”.

 La emergencia de esa cultura es descrita en los siguientes términos por uno de los participantes:

  • Porque recordemos que aquí toda la vida en Guayaquil hubo los “malevos”, atracadores y todo, pero con Pablo Escobar se creó la cultura del dinero fácil y yo creo que desde ahí empieza la gran descomposición, con esas grandes organizaciones criminales que sacaron a los pelaos de las comunas de Medellín o de toda parte, porque no fue solamente de las comunas de Medellín, fue de toda parte (CNMH, hombre, taller de memoria con funcionarios judiciales, 2015).
  • Esta cultura del dinero fácil aparece como un factor explicativo importante y en relación con lo que se considera una mentalidad propia de los antioqueños: Los habitantes de esta ciudad son muy propensos al dinero fácil, o sea, esta ha sido una ciudad donde la gente le ha gustado mucho hacer fortuna. Entonces desde el siglo XIX viene esa mentalidad, ¿cierto?, y se dice siempre que la cultura paisa es echada pa’ delante, que es una verraca pa’ los negocios. Entonces ahí está como el caldo de cultivo para que acá los narcos hicieran como su nicho, porque es una ciudad en donde la gente quiere todo rápido (CNMH, hombre, taller de memoria con educadores, 2015).

Precisan los autores, que sin embargo, analistas como Gustavo Duncan han llamado la atención sobre el hecho de que este elemento cultural preexistente en Medellín no es suficiente para explicar el nivel de incorporación de los nuevos valores que emergieron en la cultura de la ciudad. Siguiendo su perspectiva, uno de los elementos centrales en la trasformación cultural de Medellín consistió en la eficacia con que las redes del narcotráfico lograron instaurarse en una sociedad caracterizada por la valoración de la infracción a las normas —recuérdese ese dicho antioqueño que reza “la plata, tuya o ajena, pero que no falte”— y por la existencia de redes clientelares tradicionales fundamentadas en marcadas jerarquías sociales y en relaciones económicas que tenían “unos niveles mínimos de desarrollo de las relaciones capitalistas entre los sectores populares”.

En palabras de Duncan, “La diferencia de los antioqueños con el resto de Colombia no estuvo entonces en la cultura de violación de las normas sino en que este rasgo cultural estuvo acompañado de un mínimo de sentido comercial y de relaciones monetarizadas en las clases bajas” (2011, página 184).

Continúan argumentando los autores, así, las historias de amigos y familiares que se vincularon a los mercados que giraban en torno a los grupos armados ilegales se hicieron cada vez más frecuentes después de los años ochenta. En estos mercados se podía conseguir altas sumas de dinero en poco tiempo, pero poniendo siempre en riesgo la vida y la libertad. Las imágenes de hombres multimillonarios, con poder, armados, rodeados de mujeres y lujos ostentosos se instauraron como modelo en el diario vivir de los jóvenes.

La figura del hombre fuerte, mujeriego y “sin miedo”, que reclamaba la vida de quien deseara, se volvió cada vez más un referente. Los medios de comunicación se apropiaron de estas imágenes y las hicieron masivas en sus programaciones, validando estos modelos en el imaginario colectivo. Estos referentes no sólo provinieron de los actores armados en conflicto, sino que también se producían y circulaban desde otros contextos a escala global.

Estas representaciones y los círculos sociales donde comenzaban a anclarse fueron experimentados por la juventud de la ciudad como un referente identitario a partir del cual dotaban de sentido sus experiencias de vida. En el corazón de estos nuevos nichos culturales se producían códigos, lenguajes y sistemas de valores que rápidamente se extendieron por la ciudad. Muchos jóvenes encontraron en estos grupos no sólo la promesa del “dinero fácil”, sino también una red de solidaridad e incluso afecto que en medio de la adversidad se hacía seductora.

 Así, desde la mirada de algunas personas, los valores éticos se vieron trastocados: era más valorado tener dinero a cualquier costo que aspirar a estudiar —proyecto de vida que implica gran inversión de tiempo— o adoptar una vida laboral en el mercado formal donde, para la mayoría, era más lento y restringido el acceso a bienes de lujo.

Ejemplifican Villa y otros (2017),  así lo afirma una participante de un taller de memoria:

  •  De pequeño nos vendieron la idea: hay que estudiar, hay que salir adelante y una mamá y un papá juntos que estuvieron ahí dando la pelea hasta que lo sacaron a uno adelante. En cambio ahora reinan los antivalores que se volvieron moda, entonces sea ventajoso, ponga la zancadilla, la hipocresía, el afán de consumo, o sea, los antivalores están rampantes (CNMH, mujer, taller de memoria con educadores, 2015).

 Profundizan en sus análisis sus autores Villa y otros (2017), la valoración de los capitales culturales que se podían adquirir a través de la educación y la formación se vio desplazada por el consumo desmedido y la hipervaloración del capital económico (Duncan, 2011, página 164). Esta promesa del dinero fácil no atrajo sólo a quienes “no tenían nada”, ni estos modelos se restringieron a los barrios periféricos de la ciudad, sino que fueron también adoptados por personas de los sectores medios y de las elites de la ciudad.

Una importante cantidad de jóvenes se vieron seducidos por la aspiración de encarnar esos nuevos valores, materializados en el reconocimiento del estatus por parte de sus pares a partir de la tenencia de un carro de lujo, una moto de alto cilindraje o de ser pareja o amigo/a de quien lo tuviera. Esta matriz cultural naciente reforzó estructuras sociales desiguales que preexistían en la ciudad y en el país. Las desigualdades de género se hicieron más profundas.

En estos modelos culturales emergentes, las diferencias materiales y simbólicas entre hombres y mujeres se hicieron más evidentes, el modelo dicotómico del hombre violento y con dinero frente a la de la mujer débil, bella y sin autonomía ganó una amplia acogida en la sociedad.

 Los parámetros para las mujeres basados en la hiperbolización de sus atributos físicos se hicieron más fuertes, a la vez que aumentaban las violencias contra las mujeres que exigían autonomía sobre su cuerpo y que priorizaban los capitales sociales y culturales por encima de los capitales económicos y los atributos físicos (Arango Jaramillo, 1988).

 La sanción social para los hombres y mujeres que se alejaran de este canon emergente se hizo más agresiva. Estos nuevos referentes no sólo ahondaron las representaciones hegemónicas entre hombres y mujeres, sino que también recrudecieron los imaginarios racistas, clasistas y heteronormativos en la ciudad.

…El reforzamiento de la dicotomía masculinidad/feminidad conllevó mayor agresividad contra aquello que no encajaba en el modelo, como el caso de los hombres afeminados o las mujeres masculinizadas. También reforzaron la visión predominante de las personas pertenecientes a minorías raciales y sus tradiciones culturales como lo opuesto al ideal estético y material creciente, y, en medio de la hipervaloración del capital económico, las personas de pocos recursos fueron abiertamente denigradas.

Explican Villa y otros (2017), en los distintos espacios convocados para este informe varias personas reiteraron también que una de las afectaciones más profundas en la cultura de la ciudad está relacionada con el “acostumbramiento” a la violencia o, como las personas lo nombran, la “naturalización de la violencia”. Sin embargo, tal como lo han hecho ver quienes se han dedicado a estudiar el fenómeno, hay que tener un especial cuidado con esta idea que en los estudios académicos ha sido nombrada comúnmente como la “banalización de la violencia”.

Esta banalización, marcada por una total desacralización de la muerte, se ha puesto en evidencia en aquella generación que creció desde los años ochenta, especialmente entre aquellos que se vincularon directamente a las dinámicas de la guerra, como lo fueron los “sicarios” de La Terraza o del Cartel de Medellín, para quienes la vida se convirtió en un valor canjeable en medio de estas “subculturas” que se produjeron (Riaño, 2006). Aun así, esta idea de la “banalización” no es en absoluto generalizable a la mayor parte de la población.

Que amplios sectores de la ciudadanía guardaran silencio frente a las violencias no significó necesariamente una “banalización”. El ambiente de terror marcado por el miedo, la desconfianza y la amenaza generalizada de una violencia contra sí produjo que —en medio del replegamiento de la ciudadanía— se construyera un orden donde alzar la voz en defensa de alguien o en contra de la presencia y acciones de los grupos armados fuera suficiente motivo para que estos tomaran represalias. Así ocurrió en muchos casos en los que las personas fueron asesinadas por auxiliar a un vecino o intentar evitar que a un joven lo reclutaran.

Adicionalmente, a pesar de los esfuerzos de organizaciones de la sociedad civil y de organismos del Estado, como la Consejería Presidencial para Medellín, una amplia porción de la ciudadanía no contó con suficientes recursos disponibles para comprender el significado y la dimensión del conflicto armado local y nacional.

En el marco de interpretación de la población no estaba la comprensión de los factores que subyacían a estas violencias. Al tiempo, circulaban ampliamente discursos que legitimaban las violencias y reproducían señalamientos estigmatizantes e imaginarios que pusieron el énfasis de la responsabilidad de lo que ocurría sobre las víctimas y no sobre los actores armados. Como consecuencia de estas escasas comprensiones, es posible identificar en las voces de la ciudadanía dos grandes relatos o formas comunes a partir de las cuales se explican los hechos de violencia asociada al conflicto armado en la ciudad.

La primera de ellas, la de las “víctimas inocentes”, es la narración que emerge cuando la ciudadanía hace afirmaciones tales como: “no sabemos por qué ocurrió, era un buen muchacho”, o “ella era muy juiciosa, no era brincona ni estaba por ahí en la calle”. De otro lado, está la explicación de las “víctimas culpables”, que emerge cuando la ciudadanía justifica la violencia por algún motivo a partir de afirmaciones tales como: “no se metía con nadie, pero se mantenía fumando marihuana” o “es que estaba dañando el barrio”.

La reproducción de estas argumentaciones explicativas ha dificultado la comprensión social y cultural del conflicto porque ha invertido la carga de la responsabilidad quitándosela a quienes han perpetrado la violencia y endosándosela a las víctimas, legitimando así las violencias y las dinámicas mismas del conflicto armado. De tal modo, en gran parte de la ciudadanía se instaló la idea de que algunas vidas importaban más que otras. Algunas violencias fueron repudiadas, pero otras fueron legitimadas de manera tácita.

 El criterio para que unas vidas importaran y otras no guardó estrecha relación con los imaginarios sociales preexistentes sobre ciertos territorios o personas —como el rechazo de las comunidades a personas de los sectores sociales LGBTI, a líderes y lideresas de líneas políticas no tradicionales, a las mujeres que defendían la libertad y la autonomía frente a su sexualidad o a quienes consumían drogas de uso ilícito— y con la estigmatización que actores armados ilegales, medios de comunicación, organismos de seguridad e instituciones del Estado han proyectado sobre algunas comunidades y sectores sociales en la ciudad.

 Un ejemplo de esto han sido las acusaciones públicas y los señalamientos que se han dirigido en contra de organizaciones cívicas, políticas y sociales. En medio de este entramado se produjo en la ciudad una tendencia a habituarse a la violencia que ha llevado a ver estos hechos como “normales” o inevitables, lo cual ha sido ampliamente denunciado por sectores de la sociedad civil, entre ellos intelectuales locales y artistas, quienes han buscado narrar la crudeza del conflicto, al tiempo que buscaban enfrentar las imágenes reduccionistas y estigmatizantes que sobre la ciudad se construyó, por ejemplo, en los medios de comunicación. Este fue el caso de personas como Ehter Gilmour, Víctor Gaviria, Libia Posada o Jesús Abad Colorado (Giraldo, 2016). Lo que obras como las suyas o las acciones políticas que desde distintos territorios se lideraron dejaron ver es que en medio de ese acostumbramiento no dejó de existir un cierto grado de conmoción frente a la violencia por parte de un vasto sector de la ciudadanía.

 Medellín es una ciudad en la cual se pueden apreciar los múltiples impactos generados por el conflicto armado en el contexto urbano y que no sólo atañen a sectores sociales y territorios más directamente afectados por la presencia y las acciones de los actores armados sino al conjunto de la sociedad.

Todas las dimensiones que soportan la vida íntima, familiar, social, política, cultural y productiva se vieron severamente afectadas, así como la posibilidad de disfrute de la ciudad y el ejercicio de los derechos de libre expresión, movilidad y participación política.

Las múltiples pérdidas dieron lugar a una variada gama de reacciones, miedo, rabia, dolor, desconfianza; sin embargo, no tuvieron un efecto paralizante y se  convirtieron en un factor que sirvió de acicate para sobreponerse a la adversidad y construir variadas formas de respuesta…Villa y otros (2017).

Los testimonios finales de las autores muestran la Medellín de la violencia y que se ha hecho imparable como sus conquistas de renovación urbanística.

  • Era una violencia que hacía que uno por las noches temiera salir a la calle y que encontrarse con una camioneta con vidrios polarizados después de las 9 o 10 de la noche era casi que ver la muerte de frente, ¿cierto? A mí me pasó que un día en una rumba fuimos dizque por una grabadora a mi casa y nos fuimos unos amigos para otra casa a escuchar música, y pasó precisamente una camioneta despacio y todos nos quedamos como conteniendo la respiración, y cuando la camioneta giró todos ahí mismo como que resucitamos y salimos corriendo para la casa del amigo. Era una época donde podía ser el cura de la cuadra que estaba ahí, pero el hecho de que fuera una camioneta con vidrios polarizados era ya como sinónimo de muerte, era una década de mucho miedo (CNMH, hombre, taller de memoria con educadores y educadoras, 2015).
  • Recuerdo la época de las bombas que nos ponían, [toques de quedas] todos los días o cada dos o tres días, quedaba una situación de pánico en la gente que prácticamente la gente se volvió histérica. Fue una cosa descomunal, no salíamos a la calle, […] en ese tiempo uno salía por la mañana y no sabía si regresaba por la noche […]. Fue muy duro realmente, uno pensaba que no podía sobrevivir y veía a amigos con unas dificultades tremendas […] es que la gente creía que no teníamos futuro ya (CNMH, entrevista a empresario, 2016).
  • No es ni siquiera que salieran anuncios de prensa que dijeran: “Ustedes no pueden salir a cine después de las 6 de la tarde, no pueden salir en las madrugadas o salir al centro”, sino que era algo autoimpuesto, muchísimas veces por las mamás, por las esposas, por los esposos, otras veces por personas que tenían poder (CNMH, hombre, taller con personas mayores de 40 años, 2015).
  • Se vuelve realidad personal y se vuelve realidad familiar, salir y no saber si volvíamos o no volvíamos a la casa […]. Obviamente se produce la expansión del miedo como forma de relación, el miedo se vuelve una forma de relación con el uno y con el otro, generado por la inseguridad, pero también trayendo como consecuencias indiferencias, apatías […] (CNMH, hombre, taller con personas mayores de 40 años, 2015).
  • Es que también la violencia que todavía se sigue generando en los barrios por los combos, que todavía cualquier problema antes que solucionarlo con los vecinos, el otro te dice “Ah, yo te echo a los pelados”, porque ellos tienen la legitimidad, pues son ellos los que todavía cobran las vacunas y que eso viene de generación en generación. En Moravia me tocó mucho lo de las milicias, lo que hablaba anteriormente el compañero de la Curva del Diablo, que mucha gente que venía de fiesta los fines de semana tenía casi que andar por la orillita, porque cualquier cosa que hiciera y que no estuviera de acuerdo a lo que dijeran en el barrio, inmediatamente la desaparecían e iba a parar en la Curva. Y me tocó ver pues muchas muertes de gente que estábamos bailando y en un momento salían peleando porque no le caías bien o no venías del barrio y ahí mismo (…) dizque para crear ejemplo ante los demás (CNMH, hombre, taller de memoria con personas de los sectores afro, 2015).
  • Entonces había fronteras invisibles. Yo iba allá [barrio Santa Cruz] siempre que estaba en vacaciones de junio del colegio, iba en las vacaciones de diciembre, siempre que tenía un espacio libre, dos, tres días, me iba para allá a jugar con mis primos. Pero entonces la cosa era que no podíamos bajar a la tienda de la cuadra de allá porque así fuéramos niños no podíamos cruzar las fronteras […]. Entonces para mí eso era algo muy normal, pero yo contaba eso en mi colegio o cosas y me decían: “Pero, ¿cómo así que no vas a poder ir a la tienda de la esquina?”. Y yo: “No, porque esa hace parte de otro combo, entonces no podemos pasar a ese combo”. Es más: los combos eran pelaítos hasta de la misma edad de uno, que lo miraban a uno raro sólo porque uno era de la otra cuadra, y era una cosa rarísima, pero pues […] ahora que uno lo ve, dice: “Eso es terrible, uno tener que haber vivido esas cosas”, pero en ese momento eran pues como muy normales (CNMH, hombre, taller de memoria con empleados del sector financiero, 2015).
  • Los habitantes de esta ciudad son muy propensos al dinero fácil, o sea, esta ha sido una ciudad donde la gente le ha gustado mucho hacer fortuna. Entonces desde el siglo XIX viene esa mentalidad, ¿cierto?, y se dice siempre que la cultura paisa es echada pa’ delante, que es una verraca pa’ los negocios. Entonces ahí está como el caldo de cultivo para que acá los narcos hicieran como su nicho, porque es una ciudad en donde la gente quiere todo rápido (CNMH, hombre, taller de memoria con educadores, 2015).
  • Yo se los digo con toda honestidad que soy viviente, superviviente de esa juventud que fue aniquilada, porque muchos de mis amigos murieron en ese momento. Yo diría que sólo por ser jóvenes, porque aparte de la violencia del Estado, el fastidio de la Policía y el temor al Ejército, porque uno estar en una esquina y llegar con la batida, o llegar dando bala (“fumigando”, era la expresión), yo creo que con eso era suficiente. Sin embargo, estaba la otra violencia que empezó a poner el narcotráfico. Yo perdí muchos amigos y ese también soy yo. Yo digo que fue un proyecto de juventud perdida, […] se perdieron personas supremamente valiosas, de aquellos que no tenían la marca social del delito ni de la rebelión —que tampoco justifico sus muertes—, sino de aquellos que pasaban por la vida silenciosos y construyendo otras trayectorias distintas: la trayectoria del muchacho que llegaba a trabajar como albañil, el que era ayudante de mecánica, el que trabajaba). en un almacén […]. Es la música que se quedó en los barrios populares y de alguna manera la que nos consoló de la desolación que nos producía ser jóvenes sin futuro, porque ninguno apostaba por nosotros […] (CNMH, hombre, taller de memoria con personas mayores de 40 años, 2015. (Villa y otros 2017).

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